El sonido metálico de la espada resonó en el entorno. Ella le miraba con sus ojos fríos y distantes.
El viento soplaba a su favor, removiendo su larga melena negra ahora suelta como si esta tuviese vida propia.
Se inclinó hacia delante y emprendió la carrera hacia su contrincante, con la katana a uno de sus lados, tomada solo por una mano.
Saltó de manera sorprendente y cuando tocó el suelo estaba a la espalda de su enemigo.
En sus labios rojos se formó una delgada sonrisa de satisfacción mientras sus ojos permanecían cerrados.
Un lamento salió de la boca del hombre antes de desplomarse en el suelo, con la mano en un costado que empezaba a sangrar a borbotones.
La joven se incorporó y con un ligero movimiento devolvió su arma a la funda, con el mismo ronroneo metálico de antes.
Sus ropajes de un intenso color grana se zarandearon ante la nueva brisa que volvía a correr, alzando los bajos del atractivo kimono que mostraba un desorbitado escote hasta el punto de ser excesivo de más.
Ella giró para tener enfrente a su victima que gemía en el suelo, pidiendo auxilio. Caminó hacia él, posando los pies en el suelo sin un solo sonido a pesar de las sandalias de madera que llevaba.
Pisó su cabeza hasta pegarla al suelo y torció la boca en una mueca para después escupirle.
Volvió a girar sobre sí y de entre los pliegues de sus ropas sacó una mascara blanca, con ligeras facciones de zorro pintadas sobre ella con tinta roja. La recolocó sobre su rostro y le echó un último vistazo al hombre.
Entonces se marchó, a paso ligero, fundiéndose entre las sombras dejando tras su paso una gélida brisa y algunas hojas marchitas.